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01 March ASCARIS, EN BUSCA DE UN NUEVO MUNDOCAPITULO I
Yo nací en las profundas inmensidades del túnel verrugoso. Debido a que no tengo ojos me costaría describirles cómo es mi forma exactamente.Creo que tengo un cuerpo alargado en forma de cordón y una piel gelatinosa y lisa. Al menos esa es la sensación que me llevaba cuando pasaba cerca de alguno de mis compañeros al alimentarme de la comida que siempre descansa en el suelo.
Y es que la cueva verrugosa era una tierra que manaba leche y miel. Constantemente una corriente nos traía nuevo alimento, siempre de manera abundante y generosa. Ésta corriente era uno de los principales problemas que entrañaba nuestra vida. Si descansabamos, éramos llevados por la marea sin posibilidad alguna de impedirlo. Este hecho definía nuestras jornadas. Por las mañanas nos dedicabamos a escalar el tunel verrugoso, mientras nos alimentábamos, hasta llegar el momento de descansar. Así, mientras dormíamos, la corriente nos arrastraba hasta el punto original, repitiendo el proceso todos los días.
Como he dicho antes, tenía multitud de compañeros en aquel lugar. El número exacto soy incapaz de decirlo por dos principales razones. La primera es que todos nosotros éramos casi idénticos, al menos en los aspectos que pueden ser captados por el tacto. La segunda es porque nosotros jamás poníamos nombres a las personas. De hecho no teníamos nombres en el sentido extrixto de la palabra.
La dificultad de comunicación en seres que carecen de órganos para ello, sumada a la absoluta indiferencia con la que entre nosotros se tomaban las relacciones personales había producido ésto. Nuestro lenguaje se basaba en apenas una docena de conceptos, que siempre tenían un significado relativo. Por medio de vibraciones en el suelo, por medio de golpes con nuestro cuerpo, expresábamos sensaciones como ira, sorpresa, enfado, respeto,...
Aprenderlas era algo fácil. Lo realmente difícil era llegar a comprender que significaba según la situación. Un rápido tamborileo en el suelo podía significar tanto miedo, como indignación ante algo. Sólo tras largos años de conocer nuestros comportamientos entendíamos a que se referían cada uno. No obstante, la expresión de sorpresa era la única que siempre estaba adjudicada a una misma cosa. El más allá.
Lamábamos así a todo aquello que no era la cueva verrugosa. Sabíamos que debía existir algo, pues de allí llegaba el alimento y por el extremo contrario se iba. Pero la actitud general de todos era de la más absoluta indiferencia ante todo ésto. Lo normal era que no pensasemos en estos temas y comiésemos sin importarnos de dónde llegase. Aún así, raramente, alguno de nosotros decidía explorar qué había más allá de todo aquello.
Aquello que decidían bajar más allá del mundo conocido no regresaban jamás. Sólo una vez, o al menos que yo recuerde, alguien se atrevió
a subir por las empinadas cuestas de la montaña verrugosa. Mucho tiempo después de su partida, varias jornadas de comida después, escuchamos unas frenéticas rozaduras de sorpresa. Al llegar palpé el alimento que uno de mis compañeros había encontrado. Era practicamente igual que nosotros y no pude evitar recordar a aquel que se había ido. Obviamente no era él, porque aquello era algo imovil e inerte. Así que después de haberlo comtemplado dejé a mi compañero, el cual siguió con la ingesta de aquello que había llegado.
Así todos llevaba un vida tranquila y sin complicaciones. Mi opinión era que no importaba aquello que hubiese fuera, con tal de que no intercediese en nuestra vida, excepto en traernos más comida. Como descubriría mas tarde, mis deseos no iban a realizarse. Comments (1)
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